22/01/12

Su interior era como un crucigrama

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Sólo la risa le hacía salir hacia fuera, a ese exterior que le envolvía, a veces como un papel de regalo y otras como una hoja de papel de periodico donde se acumula la actualidad trivial y chabacana de cada día, caducada en su propio envase de segundos biodegradables e intrasferibles, una hoja de papel ya leída que arrugamos brusca y pecipitadamente antes de tirar a la papelera. A esa papelera del tiempo usado, gastado en su totalidad, en la que van a terminar todos y cada uno de nuestros actos. Por muy importantes que nos parezcan.
La risa que le invadía de pronto en las circunstancias más insospechadas y que venía tan de adentro que él sospechaba que si tiraba con fuerza de esa cuerda como el que tira con fuerza de la cuerda de un pozo acabaría sacando el cubo de agua transparente y cristalina como un diamante de su propio interior.
Ese cubo de agua cristalina y auténtica que saciaría su sed.
Y él estaba sediento de esencias, de cosas que tuvieran verdadero sentido
Un sentido que el paso del tiempo no pudiera destruir.
La risa le conectaba directamente con la felicidad.
No entendía porque ese dato tan importante había pasado desapercibido durante siglos para los filósofos de todos los tiempos.
No era el mono, sino la risa el eslabón perdido, ese eslabón que nos podía conectar directamente con nuestro origen y con el paraíso y con todos los dioses si es que existían.
No sabía si había algún tratado sobre la risa o si los científicos habían hecho estudios o experimentos sobre sus efectos y sobre todo sobre sus causas. Si sabemos cómo llegar a la risa sabremos cómo llegar a la felicidad, pues la risa es un pedacito de ella, un pedacito pequeño, es verdad y de duración limitada, también es cierto, pero pedacito al fin y al cabo y un pedacito de algo es una parte de ese todo, que lo contiene entero aunque sea en una insignificante proporción.
Sin ir más lejos ese mismo día se había reído de sí mismo al verse en el espejo con esa cara de perro apaleado con la que andaba últimamente.
Se había reído casi sin pensar al pasar por la salita del ordenador y verse reflejado en el espejo de la pared como si su propia imagen fuera un chiste mudo y silencioso en el que sobraban las palabras.
Se había reído con ganas durante unos minutos en los cuales se había roto el maleficio, el vudú que últimamente le envolvía y en los que su propia imagen había cambiado de forma y sobre todo de contenido. Al reírse de su propia imagen ésta se había vuelto de pronto joven y jovial con esa elasticidad e inmediatez que otorga la risa a los cuerpos y a los rostros.

Al mediodía mientras veía el telediario no pudo evitar sonreír al mirar la corbata rojo sangre del presentador, la siguió con los ojos hasta llegar al rostro demasiado bronceado del hombre de mediana edad y la sonrisa se convirtió en una sonora carcajada al darse cuenta (no sin asombro) de que su rostro no transmitía la menor emoción, que su cara era la misma cuando hablaba de fútbol que de crímenes de guerra o de economía.
¿Quién entendía el mundo? Él desde luego que no.
Entender el mundo que le rodeaba no entraba en sus objetivos a corto plazo. Él lo que quería era entenderse a sí mismo. Su interior era como un crucigrama en el que había invertido tiempo y pensamientos sublimes. Expectativas de grandes cosas que nunca acababan de ocurrir o que quizá habían ocurrido ya sin que él se diera cuenta mientras estaba entretenido esperando que pasaran otras cosas distintas. Cosas que nunca ocurrían.
O simplemente esperando la cola en el autobús.
Un crucigrama que había empezado a hacer despacio hacía ya mucho tiempo en esas horas tranquilas de la vida que se parecen a las horas tranquilas de los domingos de la infancia en las que el sol luce con más fuerza y la vida parece tranquila e incluso hermosa y sobre todo legible. Horas en las que la vida deja por unos momentos de ser extranjera y parece que habla nuestro propio idioma, en las que deja por unos momentos de ser complicada y adquiere la sencillez y la transparencia de un vaso de agua limpia y nuestros pensamientos alegres son como un comprimido efervescente y chispeante en el diamante puro y blando del agua. Esas horas tranquilas en las que parece que todo puede tener solución hasta nuestra propia existencia.
 
El presentador seguía transmitiendo noticias sin inmutarse y a él cada vez le parecía más graciosa su cara a la que empezaba a sacarle extraños parecidos. Se parecía a un tío abuelo suyo que se fugó con una señora belga y que estaba enterrado en un pequeño cementerio de Bruselas.
Era casi igual que aquel cartero tan despistado que sufrieron un largo verano hace tres o cuatro años y que nunca acertaba a dejarles las cartas en su buzón. Los mismos pómulos salientes, la cara un poco caballuna, como a punto de relinchar.
Cuando dejó de sacarle parecidos extravagantes le dio por pensar algo todavía más estrambótico; que el presentador era un mimo al que habían enseñado a convertir su cara en una máscara casi de color caoba en la que destacaban los ojos encendidos como ascuas.  No sabía lo que podía pensar de ese color tan extraño su dermatólogo (si es que el presentador iba algún dermatólogo, cosa que él dudaba). Quizá fuese un zombi, entraba en lo posible que los muertos vivientes nos hubieran invadido y que el mundo estuviera totalmente ocupado por cadáveres que aspiraban a la eternidad. Si no, a que venía a cuento tanto culto a la juventud y tanto miedo a la arruga. El miedo a envejecer sólo era un síntoma de la enfermedad de carecer de verdaderos objetivos, de ser frascos vacíos en los que un día hubo algo parecido a una rara y hermosa esencia, el terror de hacerse viejo sólo era un síntoma más del hecho de sentirse un cero a la izquierda, completamente reemplazable por la propia vida que podía prescindir de nosotros a su antojo cuando y donde le apeteciera. ¿Pero realmente era todo tan cruel y tan arbitrario? 
Él creía que no.
Había otras formas de pensar, otras formas de ver la vida y el mundo.
Y sobre todo y lo más importante; había otras formas de vivir (él quería creer que las había).
Descartó lo del zombi porqué todo el mundo sabe que los zombis son pálidos, blancos y espeluznante. Pero inmediatamente se dio cuenta de que el presentador también era espeluznante a su manera. Quizá fuese un zombi que se había metido unas cuantas horas en una cabina de rayos uva.
 

Música ( Andrew Bird-Sovay)

15/01/12

Sin salto no hay atleta

 

La escritura nace del convencimiento de su propia geometría.
Una vez más, frente a lo real construirá lo propio, no a su antojo, sino de acuerdo a sus capacidades y de acuerdo, sobre todo, a sus necesidades.

Ray Loriga (Sombrero y Mississippi)

 

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El valor de los otros nos asusta por no coincidir con nuestro propio valor.

Vislumbra en nosotros atisbos de miedos desconocidos e irreconocibles, porque cada cual tiene sus propios temores y sus propios fantasmas, esos que uno ya conoce y reconoce, y la capacidad de enfrentarse a ellos con nuestras propias armas genera también en nosotros un valor propio e intransferible que tiene algo de heroico pero también de monstruoso para los demás, que nos observan desde fuera.
El valiente nunca lo es para sí mismo. 
Para tener valor es condición previa estar asustado.
Sólo los amedrentados pueden llegar a ser valientes.
El valor en realidad es una prestidigitación, una representación a escala real del propio miedo que huye despavorido ante su propia imagen asustada.

El valor no deja de ser un truco. 
Un truco que funciona.

Como un atleta que supera un obstáculo en una carrera de saltos.
Si no hay obstáculo no hay salto.
Sin salto no hay atleta.

La dificultad crea la función. 
La necesidad crea la proeza.

 

Dicho todo esto, a una hora indeterminada, entre las tal y las tal, con las ventanas prácticamente corridas o lo que es lo mismo, cubriendo con su tela gruesa, demasiado rígida y guateada de marrón las ventanas mudas y nocturnas, casi hostiles, o simplemente anónimas, con la hostilidad no premeditada de las cosas que no nos conocen, que no nos conciernen, con las que no hemos coincidido en esa intersección, en esa ecuación exactísima del tiempo y del espacio y que por lo tanto no nos son familiares, cosas con las que no hemos creado aún ese vínculo acolchado de la costumbre que atenúa nuestra sensaciones y lima las aristas de la realidad que nos rodea.

Los ruidos se alejan en vez de acercarse creando con ello una sensación de estar a salvo de no sé qué peligro inminente. Hipotético y real al mismo tiempo.
Voces. Timbres. Pasos. Silencios insistentes que se alejan sin que nunca se hayan acercado del todo, como si toda aproximación al centro de mi propia percepción fuese imposible por estar yo en realidad, no aquí, sino en un lugar inexistente de tan anónimo, por encontrarme yo, no en esta habitación desconocida, sino en un país innombrado y cálido dentro de mi pecho.
Todo esto a pesar de estar tumbada en la cama de esta extraña habitación, medio arropada con una manta, el rotring chasqueando su único miembro eréctil sobre la libreta barata y cuadriculada de blanco, desobedeciendo al desplazarse, como los borrachos y los bagabundos,(y quizá también los niños) la línea roja y vertical, prohibida por las buenas y ordenadas costumbres de la caligrafía, esa línea prohibida e infranqueable de su margen izquierdo con la impunidad que da la soledad absoluta.
Coches que frenan y que visualizan con su onomatopeya estridente calzadas sucias y un tráfico caótico donde los peatones son pequeños puntos negros que se mueven como mosquitos a los que les han quitado las alas.
Las paredes muestran una pasividad de líneas inertes que casi llegan a ser rectas, y que lo son si uno no se fija demasiado bien.
Las habitaciones desconocidas tienen algo demasiado entrañable entre sus paredes extrañas.
Algo que te permite atrincherarte de la confusión del mundo.
En el pasillo interminable los pasos se pierden como en un desfiladero.
Tras el muro de Berlín de la puerta se oyen voces desconocidas, extranjeras, desmenuzando un vocabulario fantasma que se deshace en tonos y sub-tonos.
Hablar es decir, nos dice Pessoa, y siento que pierdo mundos entre las frases que se me escapan, universos que flotan y se alejan en una ingravidez que no me pertenece.
En el exterior se acercan y se alejan pasos anónimos, llaves, toses, puertas.
Todo se pierde en este pasillo interminable como un desfiladero de alta montaña.
Mientras todo esto ocurre el rotring araña sin pausas el papel como un gato y de su maullido recto y firme, suavemente penetrante surge algo extraño que ni siquiera yo (que lo escribo) puedo precisar muy bien. Pero en esta vida (y también en la escritura) no todo es cuestión de precisión o de exactitud, sino de juego de muñeca y de dejarse llevar por el misterio dinámico de las horas indeterminadas y sobre todo propias. En ese tiempo que habitamos y que permanece intacto, inalterable, incorrupto (como un milagro) cuando más y mejor lo gastamos.
No hay nada más propio que lo ajeno desvelado, desenmascarado de su disfraz de extrañeza impuesta.
Lo perplejo deja de ser perplejo cuando nos acercamos con la luz adecuada.

 

Música(the tallest man on Earth-the drying of lawns)

01/01/12

De perros y hombres


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A su lado, casi paralelo a pesar del poco espacio caminaba un anciano con un pequeño perro blanco, no hubiera podido precisar su raza aunque le hubiera ido la vida en ello, pues la verdad es que nunca le interesaron los perros, aunque últimamente y desde que leyó la entrevista que le hicieron en el suplemento de un diario dominical a un director de cine de esos que acaban de estrenar su última película y que siempre están en el candelero su idea de tener un perro había cambiado sustancialmente.

El director decía con esa ironía de los que están de vuelta de todo que estaba pensando en comprarse un perro para que le sacara a pasear.

Para que el perro le sacara a pasear a él, al director de cine.

La idea le resultó totalmente reveladora y le hizo pensar que en la realidad, en la vida de cada día, lejos de los diarios dominicales y de los directores de moda debía ocurrir de esa manera, que la mayoría de la gente que vivía sola y tenía cierta edad se compraba un perro para que éste les sacara a la calle.

La visión del perro sacando a pasear al director de cine le provocó una sonora carcajada. Otra vez la risa sacándole al exterior, rescatándole de nuevo de sus abismos interiores. La risa le sacaba hacia el mundo, hacia la vida, como si fuera una mascota entrenada para salvarle de sí mismo.

La risa era su perro.

Desde entonces cada vez que veía a un ser humano paseando con su perro sentía un profundo respeto por la raza canina y sentía profundamente que esta raza hacía un gran servicio a la otra raza, a la humana, esa raza tan prepotente por fuera y a veces tan cruel pero que por dentro era frágil como el cristal e indefensa ante las cosas invisibles como la soledad y el desamparo.

Caminó sin rumbo durante más de una hora. Hasta que se cansó y por la frente empezaron a circularle pequeñas gotas de sudor. Buscó la sombra de los edificios y la siguió dócil, sintiéndose un pequeño riachuelo que sigue la corriente de las aceras sin poder evitarlo.

Sus pies le conducían a alguna parte y él les dejaba hacer, les seguía, él seguía a sus pies, sus pies le guiaban, como el perro que saca a pasear a su dueño, o como una vez leyó en Mortal y Rosa de Francisco Umbral, algo así como que cuando un adulto y un niño van de la mano, siempre es el niño el que lleva al adulto, el que le guía, aunque pueda parecer lo contrario a simple vista.

Claro que había que ir de la mano de un niño para saberlo, igual que había que tener un perro para darse cuenta que era el perro el que te sacaba a ti a pasear y no al revés.

 

(Música-Lady of the sunshine-Big jet planet)